lunes, 20 de noviembre de 2017

Vídeo - Visita pastoral de S.E. Policarpo a Alcorcón y Getafe (Comunidad de Madrid)



Fuente: P. Arcipreste Bogdan Matviyiv

20/11 - San Crispín, Obispo de Écija


Es mencionado en el santoral hispano-mozárabe y de él existe un oficio litúrgico en el calendario visigodo que nos lo presenta como un obispo que murió decapitado en Écija, ciudad de las torres y sartén de Andalucía, perteneciente a la provincia de Sevilla, donde es venerado su sepulcro, que aunque algunos dicen que se perdió cuando la ciudad fue invadida por los almohades en el año 711, otros lo identifican con un sarcófago paleocristiano que se utiliza como altar en la parroquia de la Santa Cruz. Este sarcófago tiene una mancha oscura que algunos historiadores piensan que podría tratarse de la sangre del Santo.

Este Santo es el proto-obispo de Écija y su himno hispano-mozárabe nos lo sitúa a caballo entre los siglos III y IV de nuestra era. Adón nos dice de él: “San Crispín obispo y mártir en la ciudad Astiagense, el cual, siendo obispo de aquella iglesia y predicando la fe en Cristo, fue apresado por los gentiles y conminado a que sacrificase a los ídolos, como de ningún modo cedía, alcanzó la corona del martirio siendo degollado el día 19 de noviembre”.

Como he mencionado antes, Écija es conocida como la ciudad de las catorce torres, pertenecientes a otras tantas iglesias y conventos, aunque ninguno dedicado a este santo obispo astigitano. Es verdad que esta es una ciudad olvidadiza, porque tampoco se acuerda de su obispo San Fulgencio – hermano de los santos Isidoro, Leandro y Florentina – ni de los Santos mozárabes Wistremundo y Pedro, naturales también de esa ciudad hispalense. Sin embargo hay que decir también que es una importante y antigua ciudad, cuyos orígenes se remontan a la prehistoria y que ya en tiempos históricos, fue una de las primeras sedes episcopales de la Hispania romana.


Fuente: www.preguntasantoral.com

domingo, 19 de noviembre de 2017

IX Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 12,16-21: Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: "¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha". Después pensó: "Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: 'Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida'". Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?". Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios».

viernes, 17 de noviembre de 2017

17/11 - San Acisclo, Mártir


San Acisclo (? - Córdoba, 17 de noviembre de 303), fue un santo mártir de Córdoba, España. Su vida es contada por Eulogio de Córdoba. Fue martirizado durante el mandato del emperador Diocleciano, junto con su hermana Santa Victoria. Su fiesta se celebra el 17 de noviembre de cada año.

Después de que fueran arrestados, Acisclo y Victoria fueron torturados. Según la tradición, Victoria fue asesinada por flechas y Acisclo fue decapitado. En la tradición martirológica queda descrita la pasión de estos santos con gran lujo de detalles: Una passio del siglo X relata que el prefecto romano de Córdoba Dion, “incuo perseguidor de cristianos”, ordenó meter a Victoria y Acisclus en un horno. Cuando el prefecto escuchó los cánticos provenientes del horno ordenó que se les arrojara al río Guadalquivir atados a piedras. Ambos santos aparecieron flotando sin sufrir daño. Se ordenó entonces que se les colocara sobre un fuego. Sin embargo el fuego escapó del control de los verdugos y se afirma que murieron muchos paganos sin afectarse los santos. Se dio finalmente la orden de su decapitación, razón por la que el santo es representado con una línea roja de sangre en el cuello.

El poeta Prudencio le rindió homenaje en dos breves versos.
 Pablo García Baena le dedicó el poema "Himno a los santos niños Acisclo y Victoria" en el libro Antiguo Muchacho.


Fuente: Wikipedia

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Inter Faith Service in Gibraltar


Her Worship the Mayor of Gibraltar will celebrate Inter Faith Week with a short service tomorrow Thursday 16th November 2017 at the Mayor’s Parlour.

Due to limited space at the Parlour and in order to involve the whole community, the service will be streamed live on the Mayor’s Facebook page (https://www.facebook.com/mayorofgibraltar/). 

Her Worship encourages the public to view the service and share on social media, in order to reach a wider audience. 

The Service will commence at approximately 1000hrs.

ΒΑΡΚΕΛΩΝΗ - ΠΑΝΗΓΥΡΙΣ ΑΓ.ΝΕΚΤΑΡΙΟΥ 2017

15/11 - San Eugenio, Obispo de Toledo


Entre las noticias santorales registradas por el Martirologio para la fecha de hoy, se lee aquella que dice: "En Toledo, de España, la conmemoración de San Eugenio, obispo, que, consumado en las cercanías de París el curso de su vida, obtuvo la corona de la gloria".

La única fuente informativa sobre la vida y pasión de San Eugenio es el relato martirial compuesto a mediados del siglo IX por un autor anónimo, seguramente el presbítero encargado del santuario de Deuil, lugar donde reposaron los restos eugenianos. Dos recensiones, una larga y otra breve, existen del mencionado relato. La más conocida es la breve; la más extensa, que es la primera, se conserva en algunos manuscritos de las bibliotecas de Bruselas, La Haya y París. De la edición crítica de ésta nos hemos cuidado en otro lugar, y su contenido vamos a darlo aquí; creemos que por primera vez se da a conocer el extracto de lo que se narra en los mencionados manuscritos, elemento imprescindible para adentrarse en el arduo problema hagiográfico que presenta este San Eugenio del 15 de noviembre.

En la primera parte el relato eugeniano cabalga sobre la "pasión de San Dionisio", compuesta en el 836 por Hilduino, abad de Saint-Denis.

En ambas narraciones se refiere que San Pablo, estando en Roma, mandó al areopagita Dionisio, por él convertido y a la sazón obispo de Atenas, que se reuniese en Roma con él. Mas, cuando Dionisio pudo llegar a la capital del Imperio, ya los apóstoles Pedro y Pablo habían sido martirizados.

Regía la Cátedra romana el papa San Clemente, quien, en cumplimiento de las consignas paulinas, señaló a Dionisio como futuro campo de apostolado las regiones occidentales, para que en ellas sometiera al suave yugo de Cristo los territorios que eran posesión del paganismo.

Mas no se limitó el Papa a asignar al Areopagita el campo de misión, sino que le dotó además de un equipo de misioneros que le ayudaran en la empresa evangelizadora. Entre los designados descollaba Eugenio, ciudadano romano, compañero del ateniense desde la llegada de éste a Roma. La narración subraya que ambos personajes constituían una admirable pareja, pues si el entrenamiento ático había adiestrado a Dionisio, la pericia romana había educado a Eugenio. Ambos se complementaban maravillosamente y la gracia de Dios fecundaba sus trabajos apostólicos.

En compañía de sus cooperadores misionó San Dionisio por los caminos y ciudades hasta llegar a Arlés. Es el momento solemne de las decisiones y de las despedidas. Marcial, Saturnino, Marcelo, Régulo y Eugenio, compañeros hasta entonces del Areopagita, deben separarse de su maestro para dirigirse a las parcelas misionarias que les han sido asignadas. Dispersos como el varillaje de un abanico, se asientan respectivamente en las ciudades de Toulouse, Bourges, Seniis y Limoges. Y mientras San Dionisio se ha reservado para su inmediata ayuda a los clérigos Rústico y Eleuterio, San Eugenio es enviado a Toledo.

Con manifiesta ingenuidad el narrador habla de Toledo, de su río Tajo, abundante de pesca; de sus campos feraces, sembrados de vides y de olivos; de sus altas montañas. Es el escenario geográfico en el que intrépido penetra Eugenio, portador del mensaje evangélico, y allí, en medio de un pueblo sumido en la idolatría, habla de Jesucristo, autor de la vida y de la muerte, salvador y redentor del mundo.

Los milagros avalan con su fuerza sobrenatural las predicaciones del misionero, que ve poco a poco surgir una comunidad cristiana en el territorio toledano. En él erige templos, enseña a rezar, orienta a las almas hacia la vida eterna y se elige discípulos, a quienes consagra y envía a predicar. Eugenio ha implantado los comienzos de la iglesia toledana.

Pero, a pesar de su inmensa alegría pastoral, el obispo misionero siente una profunda nostalgia, motivada por la prolongada ausencia de su inolvidable maestro Dionisio; desea verle, conversar con él, tratarle y exponerle sus gozos y sus preocupaciones.

Tras un arduo caminar ha llegado Eugenio hasta las cercanías de París. Son los últimos años del siglo I. Impera Domiciano, "heredero de la crueldad de Nerón", como escribiría después Lactancio, "bestia ferocísima", según se le designa en el relato que extractamos.

Para descuajar el naciente cristianismo galo el emperador había enviado a París al prefecto Fescennino Sisinio, que acababa de dar muerte a San Dionisio cuando San Eugenio llegaba en su busca. Este, que ha venido predicando la palabra divina, en el cuarto miliario antes de llegar a París recibe la noticia de que su maestro ha sido martirizado.

Repuesto de la inmensa emoción producida por el tristísimo anuncio, el toledano, con los ojos cargados de lágrimas, prorrumpe ante los fieles huérfanos en alabanzas de San Dionisio, cuya santidad y virtudes exalta. Para remediar la orfandad de la iglesia parisina, San Eugenio atiende a aquellos cristianos, cuya fe se encuentra expuesta a los mayores peligros; pero en seguida la presencia del obispo de Toledo ha llegado a oídos del prefecto perseguidor, que manda a sus satélites apoderarse de Eugenio, cuya figura venerable se les impone.

En vano pretenden hacerle apostatar; las amenazas y los castigos son ineficaces. Se le conmina con la muerte, y entonces el arzobispo de Toledo se dirige al cielo con acentos llenos de dramática ternura: "Jesús, Señor, te consagro este combate final de la guerra en que se triunfa. Te lo consagro a Ti, que eres el Señor de la inmortalidad; a Ti, que eres la fuerza y la sabiduría del Padre; a Ti que permites que los enemigos de tu santo nombre se impongan sobre tus mártires, para que éstos, tras haber padecido, puedan conseguir la inmarchitable corona de la vida eterna. A Ti, Señor, desde lo más profundo de mi corazón, yo te pido que en este último momento de mi combate estés a mi lado con tu consoladora presencia; te lo pido, ya que desde mis primeros años has querido tenerme junto a Ti y que fuera adoctrinado por los más católicos maestros para que, instruido en sus enseñanzas, que eran las tuyas, penetrase en los tesoros de la sabiduría divina, que luego como pastor fiel había de transmitir a las almas que pusieras a mi lado. Te pido, Señor, tus consuelos en este postrer instante para que mi vida se acabe en la alabanza de tu santo nombre".

San Eugenio ha terminado su oración. Después se ha entregado en las manos de los lictores y ha puesto su cabeza sobre el tajo. Un tremendo golpe de hacha y su alma penetra en el cielo, mientras en la tierra queda su cuerpo ungido, consagrado con su preciosa sangre.

Para impedir que los cristianos se adueñasen del cuerpo del mártir y le diesen culto, el cadáver es arrojado al lago Marchais. Por espacio de siglos providencialmente las aguas del lago guardan incorrupto el cuerpo de Eugenio, hasta que, por inspiración celestial, el poderoso Ercoldo, avisado de su presencia en el fondo de las aguas, extrae de ellas el cuerpo del bienaventurado Eugenio tan fresco corno si acabase de ser martirizado.

Con todos los medios a su alcance se dispone a trasladar tan preciosos restos a la iglesia abacial de Saint-Denis para que en ella recibiese condigna sepultura. Pero no era ésta, al menos por entonces, la voluntad de Dios, que quiso que el santo cuerpo se venerara en Deuil, heredad de que era propietario el mencionado merovingio Ercoldo.

Allí se construyó un santuario, y un diligente presbítero que del culto creciente de San Eugenio cuidaba, nos ha dejado el relato de los numerosos prodigios realizados por la intervención de tan poderoso Santo.

Sin embargo, la permanencia del cuerpo en Deuil no iba a ser muy duradera. Las repetidas invasiones de los normando en París y sus cercanías, que depredaban cuanto hallaban a su paso ansiosos de botín y de dinero, hicieron que, para mayor seguridad, los restos de San Eugenio fueran trasladados a la abadía sandionisiana, de donde eran sacados, para ser puestos a buen recaudo, siempre que alguna nueva invasión amenazaba. Terminado el peligro normando, el cuerpo de San Eugenio, muy codiciado por los monjes, quedó definitivamente instalado en la célebre abadía de Saint-Denis. Aquí le encontró, a mediados del siglo xii, el arzobispo de Toledo, don Raimundo, con ocasión de asistir al concilio de Reims del 1148.

Hasta esta fecha nada se sabía en España de la existencia ni del enterramiento de este primer arzobispo de Toledo. Pero, a partir de entonces, se despertó el vehemente deseo de poseer en la ciudad de su cátedra episcopal reliquias de tan venerable prelado. Merced a la postulación de Alfonso VII el Emperador, se consiguió que el yerno de éste, Luis VII, de Francia, obtuviera de los monjes sandionisianos la concesión a Toledo del brazo derecho del Santo "para que la iglesia toledana entrase de nuevo en posesión de aquella parte del santo cuerpo de donde, principalmente en otros tiempos, habían procedido para ella los grandes beneficios de consagraciones y bendiciones...". En los primeros días del 1156 era entregada la preciada reliquia a Alfonso VII, que se dirigió solemnemente a Toledo, paseándola triunfalmente en procesión por la Castilla del siglo xii. En el suntuoso cortejo portador de la arqueta formaban parte con el emperador los reales infantes Sancho y Fernando, ya asociados por su padre al gobierno del reino; las reinas de Francia y Navarra, el arzobispo de Toledo con gran número de prelados, la curia real y el copioso séquito de que Alfonso VII sabía rodearse. El 12 de febrero se verificó la entrada de la reliquia en la catedral de Toledo, llevada en hombros, en el momento de penetrar en el sagrado recinto, por el monarca, sus dos hijos y un príncipe de sangre real.

Pero la sola reliquia del brazo de San Eugenio no satisfacía los deseos de la iglesia de Toledo, que consideraba al Santo como el fundador y primer obispo de ella. Las gestiones para obtener la donación de las restantes reliquias fueron larguísimas y costosas. Hubo que derrochar habilidades diplomáticas y vencer múltiples resistencias. Monarcas y grandes prelados estaban interesados en unas y otras. Fue solamente la inmensa potencia de Felipe II, casado a la sazón con la hermana del rey de Francia, quien doblegó todas las dificultades. Por fin, esquivando el peligro de los hugonotes y la piadosa oposición de quienes querían retener en Francia el cuerpo de San Eugenio, el canónigo toledano don Pedro Manrique de Padilla y su fiel secretario Antonio de Ribera pudieron trasladarle a España. Desde Torrelaguna los honores rendidos por doquier fueron desbordantes. Su paso por las regiones todas adquirió caracteres de fausto acontecimiento nacional. A su intercesión valiosa se atribuyó el nacimiento de la infanta Isabel Clara, llamada también Eugenia en memoria de tan singular favor.

Con una solemnidad que recordaba la del traslado del, brazo en el siglo XII, el 18 de noviembre de 1565 descansaron en la catedral de Toledo los restos de San Eugenio, introducidos en ella por Felipe II .y los príncipes Ernesto y Rodolfo, seguidas por los prelados asistentes al concilio provincial, que a la sazón se celebraba en Toledo.

Hoy tan veneradas reliquias se guardan celosamente en el relicario del templo primado, dentro de una magnífica urna de plata, trabajada por los plateros Nicolás de Vergara y Francisco Merino y terminada en el 1569. La urna pesa cincuenta y siete kilogramos, va decorada con escenas de la vida del Santo y reposa sobre un pedestal de bronce, jaspe y marfil que para ella hizo en el 1574 el italiano Pompeo Leoni.

JUAN FRANCISCO RIVERA


Fuente: www.mercaba.org